Estrategia

Martes, 26 Diciembre 2017 14:01

Lo que sucede después de la innovación es lo más importante

Si estás pensando ahora en dedicar recursos a un proyecto nuevo, lustroso y espectacular, párate un momento a pensar si no deberías primero poner más atención en implementar bien esas ideas brillantes que tenías en marcha, y a consolidar lo mejor que ya funciona en casa.

Si te pido que pienses en alguna iniciativa privada o programa público que haya funcionado bien, sustancialmente bien, pero que después, por razones difíciles de entender, se haya desmontado o abandonado a su suerte en favor de proyectos nuevos que no han demostrado ser mejores de lo que existía, ni cumplieron lo que prometían, ¿se te ocurren ejemplos? ¿qué tal si hablamos de eso?

En “Atrapados en el prototipo o la brecha de la implementación” decía que es posible que la carencia mayor la tengamos ahora en la implementación, en sistematizar procesos, en el escalado, en integrar las buenas prácticas de forma natural en las actividades cotidianas. Y recordaba que una cosa es tener un buen prototipo, que funciona bien en un entorno controlado, y otra bien distinta que esa solución pueda ser implementable y generalizable a escala significativa. Son estadios de distinta naturaleza, que exigen respuestas (y competencias) diferentes.

Pues bien, vuelvo a escribir de lo mismo porque echando la vista a varios eventos y proyectos en los que he participado en este último mes, me doy cuenta de que ese es un reto de una importancia colosal, y en el que vale la pena insistir las veces que haga falta.

Me he quejado en otras ocasiones de que se pone mucho el foco en las primeras fases del funnel de innovación, en la de crear ideas, pero después se descuida la fase de empujar y dar continuidad a las que demuestran ser buenas soluciones. Hay que “implementar”, y eso significa dedicar recursos, o sea, tiempo, personas y dinero, al proceso tan difícil de convertir esos prototipos en algo con impacto, a que se transfieran a entornos reales.

Después de implementar, para que la idea no se quede en un cajón o en un simple rafagazo mediático, también hay que destinar recursos a “consolidar”. Repito. Una buena estrategia de innovación tiene que preocuparse de: 1º) Implementar, los buenos prototipos, 2º) Consolidar, lo que mejor funciona. Este segundo objetivo no parece ser una tarea propiamente de innovación, pero lo cierto es que alguien tiene que ocuparse de ella, alguien tiene que dar la vara para que se haga, así que no es una mala idea que los que tanto hablamos de innovar nos tomemos en serio esta pregunta: ¿qué es lo que NO hace falta cambiar, sino reforzar, consolidar, porque funciona bien?   

Por ser más preciso, entiendo por “consolidar” esto: seguir ocupándose y destinando los recursos necesarios para que una actividad se vuelva sostenible y/o llegue al punto crítico donde esté en condiciones de dar los resultados óptimos esperados.

La ansiedad de políticos e innovadores sobreexcitados hace que a menudo nunca lleguemos a ese punto, a ese momento feliz en el que toca recoger los frutos de la siembra realizada. Lo que hacemos es saltar de una rama a otra, buscando la novedad, apostando por otro proyecto que nadie sabe todavía si vale la pena. Desperdiciamos recursos dejando morir iniciativas en las que se había invertido mucho, y tenían pinta de ser una buena solución, para volver a empezar de nuevo impelidos por la urgencia de crear algo que lleve nuestro nombre o por el imperativo mediático de llamar la atención.

Hay mucho de búsqueda de lo espectacular, del fogonazo, que tiene un seguimiento mediático muy rentable. Sin embargo, el verdadero cambio, el genuino, es menos llamativo. Le sigues el rastro en el tiempo a proyectos que tuvieron un gran impacto público en su fase creativa, de experimentación, con efecto wow incluido, y te das cuenta que se disolvieron como un azucarillo. Algunos porque no valían lo que prometían, porque eran solo ideas lustrosas para contar, pero no para implementar; pero otros porque necesitaban un seguimiento y un apoyo que no tuvo continuidad. Cuando mejor estaban, se les cortaron los recursos.

Hace poco, en un artículo del blog Todo por la Praxis, relatando algunos fallos cometidos en las políticas públicas de impulso a la participación promovidas por el gobierno del Ayuntamiento de Madrid, nos recordaban que las nuevas prácticas innovadoras se articulan en procesos a largo plazo, y para conseguir eso se necesita un esfuerzo continuado en el tiempo, o sea, consolidar actuaciones: “Lo que necesitamos es afianzar proyectos existentes que tienen problemáticas muy diversas más allá de generar nuevos espacios y nuevas problemáticas”.

No digo, ni mucho menos, que no hagan falta personas e ideas creativas. Menos aún debe pensarse que esté minusvalorando la importancia de imaginar y repensar nuevos escenarios y soluciones. Lo que digo es que nada de eso sirve si no se consolida, si los proyectos se abandonan cuando aparece algo nuevo que tiene más glamor.

No nos conviene seguir sobrevalorando al perfil ingenioso y creativo, mientras el del ejecutor o ejecutora perseverante no recibe la atención que merece. Ya lo he dicho en otras ocasiones: La nuestra es una crisis de ejecución, no de creatividad; porque seguimos instalados en un desbalance entre cómo premiamos (y pagamos) la creatividad vs. la implementación y consolidación, cuando el resultado con impacto depende fundamentalmente de lo segundo.

La innovación se ha convertido en un fetiche erótico, y más todavía cuando se enmascara en forma de creatividad. Nos lanzamos a una carrera frenética para ver quién inventa o propone la cosa más espectacular; sin embargo, como dicen Lee Vinsel y Andrew Rusell: “Lo que sucede después de la innovación es lo más importante. El mantenimiento y reparación tiene más impacto en la vida diaria de las personas que la gran mayoría de las innovaciones”.

El novelista Kurt Vonnegut lo resume bien: Todos quieren iniciar una construcción y nadie quiere ocuparse luego del mantenimiento”. Mostramos una insaciable fascinación por las cosas nuevas y llamativas, que se pueden contar después en artículos, eventos y charlas TED; pero desatendemos las labores de mantenimiento, los cuidados sistemáticos, y la preservación de lo que demuestra funcionar bien y que cumple su cometido.

 

Así que, si estás pensando ahora en dedicar recursos a un proyecto nuevo, lustroso y espectacular, párate un momento a pensar si no deberías primero poner más atención en implementar bien esas ideas brillantes que tenías en marcha, y a consolidar lo mejor que ya funciona en casa. Y de paso asegúrate que estas cuidando bien a las personas que se ocupan de que lo extraordinario se vuelva habitual. Andar corriendo siempre detrás de la novedad no es buena idea.

Si te pido que pienses en alguna iniciativa privada o programa público que haya funcionado bien, sustancialmente bien, pero que después, por razones difíciles de entender, se haya desmontado o abandonado a su suerte en favor de proyectos nuevos que no han demostrado ser mejores de lo que existía, ni cumplieron lo que prometían, ¿se te ocurren ejemplos? ¿qué tal si hablamos de eso?

En “Atrapados en el prototipo o la brecha de la implementación” decía que es posible que la carencia mayor la tengamos ahora en la implementación, en sistematizar procesos, en el escalado, en integrar las buenas prácticas de forma natural en las actividades cotidianas. Y recordaba que una cosa es tener un buen prototipo, que funciona bien en un entorno controlado, y otra bien distinta que esa solución pueda ser implementable y generalizable a escala significativa. Son estadios de distinta naturaleza, que exigen respuestas (y competencias) diferentes.

Pues bien, vuelvo a escribir de lo mismo porque echando la vista a varios eventos y proyectos en los que he participado en este último mes, me doy cuenta de que ese es un reto de una importancia colosal, y en el que vale la pena insistir las veces que haga falta.

Me he quejado en otras ocasiones de que se pone mucho el foco en las primeras fases del funnel de innovación, en la de crear ideas, pero después se descuida la fase de empujar y dar continuidad a las que demuestran ser buenas soluciones. Hay que “implementar”, y eso significa dedicar recursos, o sea, tiempo, personas y dinero, al proceso tan difícil de convertir esos prototipos en algo con impacto, a que se transfieran a entornos reales.

Después de implementar, para que la idea no se quede en un cajón o en un simple rafagazo mediático, también hay que destinar recursos a “consolidar”. Repito. Una buena estrategia de innovación tiene que preocuparse de: 1º) Implementar, los buenos prototipos, 2º) Consolidar, lo que mejor funciona. Este segundo objetivo no parece ser una tarea propiamente de innovación, pero lo cierto es que alguien tiene que ocuparse de ella, alguien tiene que dar la vara para que se haga, así que no es una mala idea que los que tanto hablamos de innovar nos tomemos en serio esta pregunta: ¿qué es lo que NO hace falta cambiar, sino reforzar, consolidar, porque funciona bien?   

Por ser más preciso, entiendo por “consolidar” esto: seguir ocupándose y destinando los recursos necesarios para que una actividad se vuelva sostenible y/o llegue al punto crítico donde esté en condiciones de dar los resultados óptimos esperados.

La ansiedad de políticos e innovadores sobreexcitados hace que a menudo nunca lleguemos a ese punto, a ese momento feliz en el que toca recoger los frutos de la siembra realizada. Lo que hacemos es saltar de una rama a otra, buscando la novedad, apostando por otro proyecto que nadie sabe todavía si vale la pena. Desperdiciamos recursos dejando morir iniciativas en las que se había invertido mucho, y tenían pinta de ser una buena solución, para volver a empezar de nuevo impelidos por la urgencia de crear algo que lleve nuestro nombre o por el imperativo mediático de llamar la atención.

Hay mucho de búsqueda de lo espectacular, del fogonazo, que tiene un seguimiento mediático muy rentable. Sin embargo, el verdadero cambio, el genuino, es menos llamativo. Le sigues el rastro en el tiempo a proyectos que tuvieron un gran impacto público en su fase creativa, de experimentación, con efecto wow incluido, y te das cuenta que se disolvieron como un azucarillo. Algunos porque no valían lo que prometían, porque eran solo ideas lustrosas para contar, pero no para implementar; pero otros porque necesitaban un seguimiento y un apoyo que no tuvo continuidad. Cuando mejor estaban, se les cortaron los recursos.

Hace poco, en un artículo del blog Todo por la Praxis, relatando algunos fallos cometidos en las políticas públicas de impulso a la participación promovidas por el gobierno del Ayuntamiento de Madrid, nos recordaban que las nuevas prácticas innovadoras se articulan en procesos a largo plazo, y para conseguir eso se necesita un esfuerzo continuado en el tiempo, o sea, consolidar actuaciones: “Lo que necesitamos es afianzar proyectos existentes que tienen problemáticas muy diversas más allá de generar nuevos espacios y nuevas problemáticas”.

No digo, ni mucho menos, que no hagan falta personas e ideas creativas. Menos aún debe pensarse que esté minusvalorando la importancia de imaginar y repensar nuevos escenarios y soluciones. Lo que digo es que nada de eso sirve si no se consolida, si los proyectos se abandonan cuando aparece algo nuevo que tiene más glamor.

No nos conviene seguir sobrevalorando al perfil ingenioso y creativo, mientras el del ejecutor o ejecutora perseverante no recibe la atención que merece. Ya lo he dicho en otras ocasiones: La nuestra es una crisis de ejecución, no de creatividad; porque seguimos instalados en un desbalance entre cómo premiamos (y pagamos) la creatividad vs. la implementación y consolidación, cuando el resultado con impacto depende fundamentalmente de lo segundo.

La innovación se ha convertido en un fetiche erótico, y más todavía cuando se enmascara en forma de creatividad. Nos lanzamos a una carrera frenética para ver quién inventa o propone la cosa más espectacular; sin embargo, como dicen Lee Vinsel y Andrew Rusell: “Lo que sucede después de la innovación es lo más importante. El mantenimiento y reparación tiene más impacto en la vida diaria de las personas que la gran mayoría de las innovaciones”.

El novelista Kurt Vonnegut lo resume bien: Todos quieren iniciar una construcción y nadie quiere ocuparse luego del mantenimiento”. Mostramos una insaciable fascinación por las cosas nuevas y llamativas, que se pueden contar después en artículos, eventos y charlas TED; pero desatendemos las labores de mantenimiento, los cuidados sistemáticos, y la preservación de lo que demuestra funcionar bien y que cumple su cometido.

Así que, si estás pensando ahora en dedicar recursos a un proyecto nuevo, lustroso y espectacular, párate un momento a pensar si no deberías primero poner más atención en implementar bien esas ideas brillantes que tenías en marcha, y a consolidar lo mejor que ya funciona en casa. Y de paso asegúrate que estas cuidando bien a las personas que se ocupan de que lo extraordinario se vuelva habitual. Andar corriendo siempre detrás de la novedad no es buena idea.

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